Posteado por: Jesús Rocha | 23 Junio 2008

Sin vida.

Sentado en el escalón del portal, con su rebeca aún de las manos, la miraba y la olía intentando recordar sus besos, sus caricias, su sonrisa. Se la acercó lentamente a la nariz, se la puso especialmente esa noche porque él se lo había pedido, ese olor… el olor era su olor, una mezcla de fragancias que con cerrar los ojos le llevaban a su mente cada palabra que salía de sus labios. Cerró los ojos, llevado a lomos por el sentir de su fragancia llegó a las postrimerias de su pensamiento, donde le esparaba ella. Como al recogerla esa noche, con la rebeca puesta, sonriendo, disimulando una sonrisa picarona que siempre le dedicaba nada más verlo. Incluso cuando se acercó a besarlo pudo sentir el calor de sus labios sobre los suyos. Abrió los ojos, mirando la rebeca que enlazaba entre sus manos, estaba hecha girones. Un suspiro inundó sus pulmones trayendo olor de tristeza embarrada con pena. Miró a lo lejos, casi en el borde de la acera, uno de sus tacones rojos, aquellos con los que ambos habían fantaseado en alguna ocacasión a la luz de las velas en algún hotel, ahora esperaba parado en el suelo a que alguien lo recogiese. Pero no, seguía en la tensa espera del que sabe esperar anhelando un hecho que nunca ocurrirá. El olor a ella, el olor de su rebeca, no conseguía abandonar sus pulmones, por más horas que lo intentaba. Su delirio, le llevaba a pensarla aún esperándolo en el portal de la casa, pero su corazón, roto por ambos lados, sabía que no habría más días en la playa, sonriendo, ni más peleas por cosas tontas, ni más noches delante de la tele, viendo el mismo programa. No, no habría nada más allá de esa noche, porque el destino así lo había querido. Por mucho que se negara a admitirlo, por mucho que luchase porque así no fuera, aquella noche, todo había cambiado y por seguro que era para mal. Cerró los ojos de nuevo y no pudo más que verla, riendo, llamándole, en un susurro que le sonaba a risa en su cabeza, mientras él lloraba sin emitir ruido alguno, rememorando las últimas horas de besos, de abrazos, de risas, de felicidad, las últimas horas de luz, las últimas horas de felicidad.

Levantó la mirada, y justo frente a él un flash alumbraba un cuerpo, tapado por una especie de papel de plata dorado que no servía para mantener una temperatura que ya no tenía ese cuerpo. Por debajo de aquella manta salía su mano izquierda, con sus uñas pintadas, con esa símpatica flor dibujada en su dedo índice. Aquella que pasa horas repasando mientras charlaban antes de salir.

No podía soportar aquella imagen y se tiró en el portal llorando, usando como almohada, aquella rebeca que hasta hace nada, separaba la candidez de su hermosura de la gélida noche que la arrebató, lloró hasta quedarse dormido.

Al despertarse estaba un su casa, en su cama, mirando hacia la pared. En el mango de la puerta colgaba la rebeca perfectamente planchada, bajo ella, los hermosos zapatos rojos, a su espalda el calor de un cuerpo conocido. Lentamente se giró, y la vió a ella, respirando, lentamente, todo había sido un sueño. Se abrazó a ella por su espalda y se despertó:

- ¿Qué ocurre vida? – susurró ella mientras se remoloneaba entre las sábanas.

- Nada, una pesadilla.

- ¿Y de que trataba?

- De nada. ¿Oye que te vas a poner esta noche?

- El Vestido, los zapatos rojos y la rebeca ¿por qué?

- Porque no tengo ganas de salir amor, esta noche, cenamos en casa.

Diciéndole esto la besó en la frente y de dispuso a seguir durmiendo con ella abrazados en la cama, aunque en el reloj se marcanse las 12:30 de la mañana.

Así va la vida…

Jesús Rocha


Dejar una respuesta

Su respuesta:

Categorías