Noé aguantaba el timón mientras el temporal le azotaba cada uno de los pelos de su larga barba. Sus sandalias de cuero añejo se encontraban completamente hundidas en un charco bajo el timón. La proa de la embarcación entraba y salía de entre las enormes olas con un movimiento continuo. Sobre la cubierta del arca no había nadie, ni animal ni persona. Los rayos centelleaban en el cielo y Noé se quitaba con una de sus manos las insistentes gotas de lluvia de sus ojos. Aún no le cabía en su compresión humana como un Dios que promovía el amor entre las personas había sido capaz de destruir de un plomazo la mayor parte de su creación con una ira tan extensa. Aunque en parte lo comprendía, era como cuando el intentaba hacer germinar el trigo y la planta no conseguía tener vida, en esos casos Noé arrancaba la planta y volvía a plantar una nueva que germinara. Algo parecido estaba haciendo Dios con él. El arca se zarandeó de izquierda a derecha a consecuencia de una ola que golpeó en el costado y el estridente trompetear de un elefante casi cortó por un momento el ruido de la tormenta. Su mujer le había ayudado en todo momento y ahora se encontraba abajo ayudando a mantener tranquilos a los animales. Sus hijos estaban pendientes de las fieras
salvajes y cada día parecía que se volvían más agresivas, en los últimos días había desaparecido una de las crías de la pareja de corderos que llevaban en el arca. La jaula de los tigres estaba abierta el mismo día, pero no habían encontrado ningún resto. Bien sabía Noé que ninguno de sus familiares había sido capaz de comer aquel exquisito manjar, pues la comida no escaseaba en el arca. Un estrepitoso trueno le sacó de sus pensamientos y la luz que emitió alumbró hasta el horizonte, donde sólo se podía ver agua, agua y más agua. Muchas veces Noé se preguntaba que para que guiaba el arca si nunca chocarían con nada y poco importaba el sentido puesto que por muchos kilómetros que recorriese no encontraría tierra hasta el momento en que Dios se lo indicara. Otra vez Dios…. No sabía desde que momento la tormenta había alcanzado tal brusquedad, sin duda se encontraba en su momento más virulento y todas las maderas de la cubierta entrechocaban las unas con las otras , a veces el poder de Dios podía asustar y esta es una de esas veces en la que se debía de sentir al menos respeto. Aunque no lo comprendiese tenía que respetarlo, pues Dios había confiado en él para que salvase al mundo. Respeto y miedo, que mezcla para una devoción que tiene que ser eterna. Noé miró al cielo y busco entre las nubes un suspiro de esperanza, un motivo para acrecentar su fe. Entre la tormenta, poco a poco una paloma baja empapada de entre las nubes con una rama de olivo en su pico.
Moraleja: Cuanto más complicado sea todo es el momento de confiar en nosotros mismos. La fe, mueve montañas.
Así va la vida…
Jesús Rocha
Escrito en idas de pelota | Etiquetas: arca de noe, hechos biblicos, esperanza, fe en uno mismo, antiguo testamento, noé, animales
