Querida mía:
Hace tiempo que no recibes ninguna de mis cartas, y no me lo recriminas, ¡qué buena eres!. Una vez más, mis palabras no serán sonido que pueda perderse en el tiempo, a mí me gusta que perduren, como llevo haciendo desde el primer día.
Se que te preocupas, por mi, por ti, por los tuyos, por los míos y por eso te quiero dar las gracias desde lo más profundo de mi alma. Se que en estos últimos meses he llegado a sacarte los nervios, he llegado a preocuparte y he llegado a desesperarte y de verdad, lo siento, yo soy el primero que no quiero. Quien lea esto pensará que hemos tenido nuestras peleillas, ¡qué ilusos…! no saben que nuestras discusiones son tan repipis, que versan sobre quien quiere más a quién. Pero sé que he llegado a desesperarte de preocupación y eso me da pena, me apena porque a lo máximo que aspiro en esta vida es a hacerte feliz, a hacerte reír, a hacerte disfrutar de la vida y ahora mismo… no puedo. No puedo, pero podré, si Dios quiere, que va a querer. Ahí estará nuestra grandeza.
Pero, después de justificar lo injustificable, quiero decirte que siempre me preguntas cuanto te quiero. Isabel, no hay medida, te lo he dicho mil veces, para cuantificar eso. No se ha inventado sistema métrico capaz de cuantificar como por amor me consumo a cada paso que doy, a cada suspiro que tú das, a cada palabra que me dices, no hay sistema, de verdad. Porque si alguien osara a inventarlo, te puedo asegurar que no llegaría a medir ni la centésima de amor que me revienta el pecho, que me bombea la sangre por las venas y que me dan fuerzas cuando ya no queda casi ninguna.
Sabes mejor que nadie que quiero verte entrar por donde tú sabes, vestida como tú sabes, bajando los 5 escalones de esa escalera por la que yo hago el camino inverso el Martes Santo con la Encarnación sobre mis hombros. Sabes que quiero levantar ese tul, casi transparente, para ver que ese mar azul que llevas plasmado en la cara me mira salpicado por la lluvia de tus lágrimas. Y tú sabes lo que pasará después y yo también, por eso eres luz, eres fuerza y eres deseo, porque siempre te lo digo, te quiero tanto que ni lo sabes, porque nadie, y escucha bien lo que te escribo, nadie te ha querido, ni te querrá, como yo te quiero cada día que me levanto de mi cama dando gracias a Dios porque me ha dado la bendición de estar vivo y tenerte junto a mí.
¿Aún te quedan dudas de cuanto te quiero?
Fdo.- Jesús Manuel Rocha Ortiz.